El otro día un amigo del instituto me contó que un amigo les había contado en clase una historia que le había sucedido a él con su novia. Sospecho que se trata de una auténtica leyenda urbana, y que realmente no le sucedió a él (sino que se le contaron de igual modo) pero aún así, es ilustrativa de la sarta de estupideces en cadena que es capaz de cometer el ser humano.
Bien, pues el susodicho protagonista, tras llevar a su novia en coche a un centro comercial a las afueras de Getafe, decidió (de mutuo acuerdo con ella, por supuesto) conducir hasta un lugar retirado para echar una canilla al aire. En su búsqueda de un lugar apartado, condujeron por veredas extrañas internándose en un bosquecillo con angostos senderos. Cuando llevaban como media hora zigzagueando, aparcaron y se pusieron al tema.
Al rato, una vez acabada la faena, a la chica le apeteció salir un momento a tomar el fresco ligera de ropa (lógico por los acaloramientos que este tipo de cosas conlleva). Pero he aquí que el novio decidió seguir su ejemplo, salió del coche también y cerró la puerta, habiendo echado previamente el pestillo con un movimiento involuntario (he de decir que eso es bastante común, a mí me pasa también). El chico palideció de inmediato: podía ver cómo las llaves estaban puestas y todas las puertas cerradas.
Además, por si fuera poco, ambos teléfonos móviles y la documentación estaban dentro. A nuestro protagonista no se le ocurrió mejor idea que intentar romper algún cristal lanzando piedras, cada vez más grandes, sin obtener ningún resultado visible, aparte de las abolladuras y desconchones en la pintura de las puertas. A todo esto la desoladora escena se completaba con la novia casi en pelotas llorando desconsolada…
Tras bastantes intentos, se les ocurre que lo mejor es intentar llegar caminando hasta la civilización. Pasadas un par de horas, encuentran un polígono industrial y suplican al guardia jurado que allí estaba (atónito ante la pintoresca situación) que les deje llamar por teléfono.
Y he aquí otra muestra de inteligencia: no se les ocurre llamar a nadie más que al padre del chico. Le despiertan a altas horas de la madrugada y le piden que les lleve una copia de las llaves del coche. El padre, que era muy poco sensible (y cuya perspicacia heredó sin duda su hijo) les mandó a tomar viento. Por lo tanto, la siguiente llamada fue dirigida al padre de la novia.
El hombre, sin dar fe a lo que estaba oyendo, anotó la dirección del polígono industrial y fue a la casa de su futuro consuegro a por las llaves (despertándolo de nuevo). Tras conducir de noche un largo trecho, llega al polígono y se encuentra a la pareja. A pesar de ver a su hija en esas condiciones no pide explicaciones: sigue a los novios que le dicen que tienen el coche en medio de la arboleda.
Tras deshacer el camino sinuoso, cuando apenas faltan veinte metros, el chico se apercibe que destaca de manera imponente el condón usado que se había quedado estratégicamente situado en el salpicadero. Los comentarios del chaval no tenían desperdicio:
“Deje, deje, deme las llaves y ya me lo llevo yo“
“De verdad, no hace falta que se acerque más, muchas gracias por venir, que ya me valgo yo“
“Por favor, por favor, quédese ahí, que ya lo arranco yo y no hay problemas…”
Imaginaos cómo acabó la historia: la chica llorando de nuevo, el novio coloradísimo, el padre de la novia maldiciéndole, el padre del novio durmiendo, y una bonita amistad rota por el cierre centralizado. Moraleja: Cierra tu coche siempre con llave