Hambre, frío, soledad, tristeza, falta de ganas de vivir. Pueden parecer cosas lejanas, pero sólo es así si cerramos los ojos o miramos para otro lado. No hace falta irse a África ni a países recónditos. En muchos barrios de Madrid se puede encontrar a personas así, tan abandonadas, incomprendidas e ignoradas, que pierden su ilusión por vivir y su propia autoestima. Una señora mayor rebuscando en la basura de Lidel para conseguir comida, o Ana, una indigente de la que voy a hablar hoy.
Era un jueves cualquiera de octubre, en la plaza de Tirso de Molina. Era uno de esos días en los que empezaba hacer frío en Madrid, despidiendo al largo verano.
San y yo estábamos cenando en una de las mesas de la terraza de un bar, desafiando al frío con tal de respirar algo de aire y despejarnos de la semana.
Se acercó a nosotros una mujer, pidiendo unos céntimos de euro. ¿Para qué? fué nuestra respuesta. Para comer, respondió a su vez ella. A nuestro ofrecimiento de invitarla a comer algo, su cara cambió, y sus ojos se llenaron de brillo. Realmente tenía hambre.
Se sentó con nosotros, encargamos un pepito para ella, y compartimos la tapa que nos habian servido. Ella a cambio nos dió mucho más y compartió con nosotros la historia de su vida.
Ana. Treinta y cinco años, aparentando bastantes más, cara ajada, denotando los sufrimientos de su vida. Con muletas y un 55% de invalidez reconocida. Prostituida por su padre, desde los 14 años, seropositiva, 3 hijos, problemas cardiovasculares (con parada cardio respiratoria en su último parto), casada dos veces y maltratada en ambos matrimonios, tras denunciar al segundo alejada de sus hijos, ignorada y despreciada por los servicios sociales, hambrienta, pero compartiendo su bocadillo con su perro, el único que la da cariño.
Y no por ello odia la sociedad, considera su caso una injusticia, o maldice su suerte. No. Calladamente acepta su mala suerte, y, tantas veces despreciada, llega a asumir ese desprecio y creerse basura. Tanto como para perder las ganas de vivir. “Ojalá una mañana no despierte".
San trataba de recordar posibilidades de asistencia social donde pudiera recurrir, pero Ana parecía haberlo probado ya todo sin éxito. El trabajador social no quiere darle ningún curso por su discapacidad, se mofa de ella cuando le cuenta sus ilusiones de recuperar a sus hijos, la desprecia… En el centro de menores dicen a su hijo que su madre no va a durar mucho. Igual que sus dos maridos. Los médicos le mandaron a casa tras su parto por cesárea a los poquísimos días, por que necesitaban las camas, sin darle el inhibidor de lactancia, que con sida no podía alimentar a su hijo. A pesar de todo, aún sigue inexplicablemente con vida… parece que aún no ha perdido toda la esperanza.
Se deshacía en innecesaria gratitud al despedirnos: “Con esto he comido para una semana", cuidando que no nos dejáramos nada olvidado, “Ójala existiera más gente como vosotros".
Nosotros tratábamos de devolverle la ilusión por la vida, que se volviera a sentir persona, pero ahora dudo, y no se quién dió más a quién.