Uf, ya de vuelta, en el tedioso curro, tras casi una semanita en Milán, visitando a unos amiguetes de Erasmus.
El vuelo era vía Valencia, con lo que salimos bien pronto el lunes, para encontrar aparcamiento en la ciudad e ir en bus al aeropuerto. Todo fue sin problemas, con un frío de madrugaba que cortaba como agujas y que no presagiaba nada bueno.
En el aeropuerto nos juntamos con otros amigos con el mismo destino, y que curiosamente habían elegido la misma ruta. ¡Vivan los vuelos baratos desde Valencia! Lo mejor de todo fue el método de embarque en el avión. Sin finger, sin bus, simplemente un paseillo por medio de la pista, juas. juas. juas. Y nosotros en nuestra ignorancia con toda la pachorra del mundo para ponernos a la fila, sólo para luego descubrir que los asientos no eran numerados. Yo me pregunto… ¿Tanto les cuesta numerarlos? ¿Se trata de putear al viajero al ser vuelo de bajo coste, o qué sentido tiene?. En fin, al final conseguimos estar más o menos juntos, pidiendo a un par de personas que viajaban solas si se podían cambiar.
Ya en Milán… buf que frío. Bastante más que en Madrid, aunque menos que hacía unos días, cuando había caído una nevada de órdago de la que aún quedaban restos, ya de colores nada puros. Debe ser la humedad, que cala hasta los huesos, la que nos fastidia tanto a los madrileños.
Allí un poco de todo. Mucha fiesta, visitas a Milán (a las tres cosillas que merece la pena ver), mucha pizza y comida… Resulta una ciudad oscura, sucia, y aunque tiene su encanto prácticamente ningún italiano la eligiría para vivir. Es el trabajo el que obliga.
Lo que más envidia me dió de la vida Erasmusniana fué el tener casa propia. ¡Y menuda casaza que habían encontrado nuestros amigos! Enorme, moderna, preciosa. Eso sí, fue a costa de mucho sufrimiento y infinito recorrer Milán al principio de los tiempos, que allí todo es carísimo o está destartalado.
En cuanto al resto, las actividades de todo estudiante de Erasmus son el reposo contemplativo durante el día, para dormir y reponerse de la resaca del día anterior (eso si no se opta por recuperarse ingiriendo más alcohol), y fiesta hasta las mil por la noche. En esta ciudad todo funciona con un horario 2 horas adelantado frente a España, y la mayoría de los sitios cierra como tarde a las 4. A pesar de todo se las arreglan para que la fiesta dure siempre hasta poder dar los buenos días al sol.
Es curioso el variopinto círculo de amistades que se forma, sin nada que ver a las personas con las que te juntarías en tu ciudad de origen. El ser todos Erasmus y las fiestas unen a leches, y consiguen formar islas de irrealidad. Lamentablemente muchas de esas amistades tan intensas durante un breve periodo de nuestras vidas están condenadas a desaparecer, en cuando el nexo de unión desaparezca y el añito de Erasmus llegue a su fin.
A la vuelta pasamos un día más en Valencia (volver el domingo es prohibitivo en vuelos, y hay que aprovechar el finde) y pudimos disfrutar de mucho descanso, relax y unas temperaturas mucho más atemperadas. No faltó la ineludible visita a la librería-cafetería social “idashi", en uno de los barrios céntricos de Valencia, donde se respira ese ambiente tan especial y hay publicaciones realmente interesantes, y luego vuelta el domingo, tarde, para evitar el atasco de vuelta.
¡Snif! Quiero más puentes :(