Es triste comprobar cómo el odio, el clasismo, la intolerancia y el racismo vencen siempre contra la solidaridad, la nobleza, el interés por los demás.
El pasado domingo apenas 4.000 personas acudieron a la manifestación por la más noble de las demandas que queda imaginar: contra la probreza, contra el hambre.
Unas semanas antes 166.000 personas (ni de coña 1 millón y medio), padres de familias consideraron imprescindibles acudir con sus hijos, para hacerles partícipes de valores intolerantes y buscando restringir derechos a personas ajenas. Menudo ejemplo.
Esas 166.000 personas, tan católicas, tan profundamente motivadas por los derechos de los niños, por la posible influencia horrible que les podría causar su adopción en un matrimonio gay; podían haber acudido también este pasado domingo. Son además personas contrarias al aborto, en muchas ocasiones incluso contra los preservativos, “pro-vida”.
Entre los derechos de los niños SÍ reconocidos por la ONU y por nuestra Constitución (a diferencia del supuesto derecho a tener padre y madre) se destaca el de recibir cuidados y asistencia.
Pues bien, más de 5 millones de niños mueren cada año en el mundo por el hambre, 7.5 millones si se incluyen además enfermedades. Esos niños MUEREN, a diferencia de los adoptados, y sin embargo esas familias prefieren protestar enérgicamente contra las adopciones de parejas homosexuales, que no tengo ni idea de qué porcentaje representará de las apenas 7.000 adopciones anuales en España.
No digo que no protesten si quieren, sólo pido que sean coherentes, y si lo que les preocupa realmente son los derechos de los niños, ¿dónde estaban este fin de semana?.
Claro, luego te encuentras con que reparten panfletos de educación sexual aberrantes como éste, explicando que “La masturbación se cura”, y te das cuenta (tú, no ellos) que lo que de verdad les mueve es una profunda represión sexual y mental que les ha inculcado la iglesia y una mal entendida religión.
El hambre en el mundo es un problema real, acuciante y los países ricos apenas contribuyen para evitar el problema. El hambre mata más que las guerras, y más incluso que enfermedades como el sida, la malaria y la tuberculosis juntas.
Entre los Objetivos del Milenio se encontraba simplemente reducir a la mitad el número de hambrientos para 2015, lo que calculaban significaría aportar simplemente un raquítico 0.7% PIB, pero pocos países realmente lo cumplen y nos encontramos cada vez mas lejos de poder cumplir ninguna meta para el 2015.
Lo que se pedía a los madrileños este pasado domingo era un también raquítico esfuerzo de ir a la manifestación, y sólo 4.000 personas fueron capaces de cumplirlo.
Mal vamos.

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