¡Hummm! Me encantan las tormentas de verano. Esos días calurosos, bochornosos, agobiantes, que al final acaban en lluvia; y esas preciadas gotas del líquido elemento traen frescor y olor a tierra mojada. Los rayos, contar los segundos, los truenos... La penumbra del cielo. Todo.
Hace tiempo que no disfruto de un chaparrón en condiciones. Ahora el trabajo y los cachivaches electrónicos impiden desterrar el paraguas y pasear bajo la lluvia despreocupadamente. Recuerdo algún verano paseando por el parque, y cómo al empezar la tormenta, en vez de huir y refugiarse como la mayoría de la gente, simplemente te tumbabas en la hierba, respirabas y sentías el frescor de la lluvia torrencial empapándo toda tu ropa. Y también cómo no, la vuelta a casa, chorreando, con un mar en los zapatos pero muy feliz y contento.
Supongo que habrá un componente instintivo, ancestral, que nos hipnotiza al igual que el fuego. El final de la sequía, el agua que trae la vida... Viva la lluvia.

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Me gusta la lluvia.
Tu imagen es muy bella